sábado, marzo 4

Oscuro taller. Consideraciones sobre la lectura

No seas tan ingenuo como para creer en las palabras ni tan altivo como para no usarlas, mánchate de vida y esparce semillas de esparto. No vaciles más.

Juan Felipe Robledo
«Consejos para los amigos»

Sobre la vanidad de lo leído
En alguno de sus poemas, José Lezama escribió que «Quien huye de la escarcha se encuentra con la nieve» y creo que estaba en lo cierto. Para abordar el tema que nos ocupa de los libros que cambian la vida, quisiera limitarme al análisis de Aurora de Nietzsche y explicar el porqué de mi reticencia a hablar de la lectura en esos términos y huir así de la vanidad de hacer de la propia experiencia un modelo. Aún así, el sólo hecho de elegir este título es ya responder a la pregunta, mientras que la experiencia personal puede aportar argumentos para hablar de la lectura como herramienta de sentido, más que como motor de sentencias personales modélicas. Así pues, trataré de responder a la cuestión sin hacer de mi experiencia leída un ditirambo autobiográfico, y asimismo contribuir a desterrar la mistificación de los libros y del lector que los descubre.


¿Puede un libro cambiar la vida de alguien? ¿Existen los libros que cambian la vida? Para matizar esta pregunta, convendría citar una frase de Nietzsche, quien se define en Aurora como un hombre subterráneo, satisfecho con su oscuro trabajo de desentrañar el mal y de leer con lentitud para devolver su valor a las palabras. Él mismo, ante una pregunta de semejante talante habría respondido que «Nos conviene no formar una opinión sobre tal o cual cosa, a fin de ahorrar así inquietudes a nuestra alma. Pues, por su propia naturaleza, las cosas no pueden obligarnos a realizar juicios»[1]. En efecto, la cuestión de si un escrito cambia o no la vida de alguien, podría despertar antiquísimos fantasmas y llevarnos a mistificar el poder de la letra impresa y su influencia sobre el comportamiento humano. Me refiero, por ejemplo, al viejo estigma de las obras prohibidas, bien por ser consideradas nocivos, o bien porque su carácter sagrado restringía su lectura al estrecho círculo de los iniciados, como es el caso del dictamen de la Iglesia, que consideró como «pecado mortal», durante mucho tiempo, que los creyentes laicos leyesen La Biblia.

Es cierto que aún hoy en día el valor de los libros sigue pasando de boca a oreja y que llegamos a ellos según la reputación de quien nos los recomienda. También lo es que muchas veces nos acercamos a una obra movidos por el prestigio que la tradición y el medio en el que nos desenvolvemos le confieren, y que en ocasiones un texto, sin que se lo pidamos, nos lance respuestas inesperadas en un momento en el que nos encontramos acosados por la duda. Aún así, soy de la idea de que la letra impresa, más que cambiar el curso de una vida, es solamente la herramienta que nos ayuda a forjar el sentido de nuestras acciones a las que, con el tiempo, terminamos por bautizar con el nombre fabuloso de destino.

Más allá de puntualizar estas observaciones, me interesa mostrar cómo la aproximación a los libros que nos ocupa, puede terminar convirtiéndose en la primera lección de lectura pasiva, y en última instancia, nos llevaría a hacer de la lectura una tarea aburrida, inerte y poco creativa. Por eso, a la hora de escribir estas líneas, más que escoger una referencia bibliográfica y elevarla a categoría de intocable, imprescindible y capaz de cambiar la vida de alguien, me he propuesto hablar de la lectura en mi adolescencia tardía, durante una situación de ruptura en la que, al igual que muchas personas, tenía que «saltar al agua» y decidir si hacer parte, o no, del sistema de valores heredado. Y como acabo de nombrar la palabra destino, quisiera traer a colación un párrafo de Confesiones de un burgués, en donde Sándor Márai desdramatiza este tipo de situaciones. No por perseguir el eufemismo o la falsa modestia, sino por mostrar los pesos de la balanza entre la obra elegida y las circunstancias que acompañaron mi lectura de Aurora de Friederich Nietzsche. Dice así, Sándor Márai:

En la vida no suelen ocurrir «cosas importantes». Al volver la visita atrás, al buscar el instante en que ocurrió algo decisivo, algo definitivo e irremediable –la «experiencia» o el «accidente» que decidió nuestra vida posterior–, tan sólo encontramos algunas huellas sin importancia, a veces ni siquiera eso. En realidad no existe más «experiencia» que la familia, como tampoco existe más «tragedia» que el momento en que te ves obligado a decidir si permaneces en el seno de la familia y en sus variantes a escala más amplia, como la «clase social», la ideología, la raza, o bien te marchas por tu propio camino, a sabiendas de que te quedas solo para siempre, de que eres libre, estás a merced de todo el mundo y sólo puedes contar contigo mismo. [2]

Sobre los libros leídos y la palabra destino
Recuerdo con colores muy vivos el momento que antecedió al dilema de escoger mis estudios universitarios, un melodrama para ciertas familias escrupulosas como la mía, que cifran el prestigio individual en los títulos universitarios, los profesores frecuentados y, con el tiempo, en el tipo de trabajo con el que uno se gana el pan. Frecuentaba el último año escolar, y el profesor de Filosofía decidió, para estimular la lectura de sus alumnos, que la calificación final de la materia se basaría en un ensayo acerca de un libro que nosotros mismos escogeríamos de una lista muy cuidada. De los cincuenta estudiantes, cinco nos quedamos sin ensayo, al pretender autores ajenos a la célebre lista. De estos compañeros sólo recuerdo a uno de ellos que propuso a Bertolt Brecht para escándalo del profesor. Se trataba de un futuro estudiante de música, que años más tarde habría de convertir su pasión en una turbulenta discoteca de verano. Este mismo estudiante, a quien por entonces yo admiraba, me había hablado de Nietzsche y de La gaya ciencia, de manera que no hesité al escoger al autor alemán. Sin embargo, el valor de Aurora, obra que acabé seleccionando, creció desmesuradamente ante mis ojos, pues el profesor no sólo me negó su lectura, sino que además, su argumento recalcaba la idea de que se trataba de un texto «peligroso» para un muchacho de mi edad. Sin embargo terminé por convencer al profesor y a la directora del centro escolar, más con el tesón de quien lleva la contraria que por amor bibliólatra, pues ya se sabe cómo, durante toda la vida, amamos siempre lo prohibido o lo que se nos niega.


No voy a profundizar en este punto más de lo necesario, pero quiero resaltar cómo el libro, cuya lectura en un principio pareció servir de justificación a mi «cambio repentino» de rumbo y a mi posterior elección universitaria, fue más una de las veinte disculpas para eludir el problema que para enfrentarlo. De hecho, en contra de mis deseos terminé recorriendo un sinfín de prospectos académicos de diferentes carreras y, por fin, me inscribí erróneamente en los estudios de Comunicación Social, estudios en los que no perseveraría durante más de un año y que dejaría por los de Letras. Podría seguir adelante con la historia e incrementar la lista de libros a partir de los problemas menores de aquellos años de transición, y decir que obras como Veinte poemas de amor y una canción desesperada, El extranjero de Camus o los diarios y últimos poemarios del colombiano Jorge Gaitán Durán, Amantes y Si mañana despierto, me cambiaron la vida. Pero la verdad es que ni Aurora ni ninguno de estos títulos mencionados me llevó a tomar alguna determinación; antes bien, los libros hacían parte de una devoción que compartía sus fidelidades con el aguardiente y otros dulces escapismos. No creo que exista una única causa, ni una voluntad suficiente que explique el origen de nuestros cambios y decisiones, pues sospecho que el hombre es, ante todo, un mamífero volitivo. Por ello quiero leer a continuación, los aforismos 120 y 124 de Aurora (respectivamente Para la tranquilidad del escéptico y ¡Lo que es querer!):

–«No tengo ni la menor idea de lo que hago. No tengo ni la menor idea de lo que debo hacer». –Tienes razón, pero no dudes de esto: ¡eres tú quien eres hecho en todo momento! La humanidad ha confundido, en todas las épocas, la voz activa y la voz pasiva. Esta ha sido su eterna equivocación gramatical.

–Nos reímos de quien sale de su habitación en el momento en el que asoma el sol por el horizonte y dice: «Quiero que salga el sol»; y de quien, al no poder parar una rueda, exclama: «Quiero que ruede»; y de quien es derribado en un combate y dice: «Estoy en el suelo, pero quiero quedarme aquí.» Pero, bromas aparte, ¿hacemos algo diferente de lo que hacen estos tres hombres cuando empleamos las palabras «yo quiero»?
[3]

Sobre el olvido como aprendizaje
Releyendo Aurora, me pregunto qué habré entendido de sus páginas por entonces, no tanto porque se trate de un texto especialmente difícil, sino porque cada vez que uno relee el mismo escrito, termina por descubrir otro en el mismo lugar. No recuerdo bien esa primera lectura, aunque creo que la exaltación y la alegría de aquel descubrimiento son similares al asombro que me produce ahora esa obra, a pesar de que hoy la lea con otros ojos y no sea ya ese muchacho exaltado ante la belleza.


A propósito del volumen citado, quiero resaltar tres argumentos recurrentes en su discurso, a favor de la lectura como ejercicio de lucidez: primero, el discernimiento y el hedonismo en la lectura; segundo, la vida como medio para el conocimiento; tercero, la intuición y la creatividad del lector como universo de preguntas y no como colección de confirmaciones.

A lo largo de los cinco libros que conforman Aurora, Nietzsche apoya su argumentación en la felicidad que produce el conocer, pero se trata de una felicidad recelosa y desconfiada, en el sentido de que no sabe entregarse ciegamente a la lectura y al saber enciclopédico, sino que se ejercita desde la crítica vigía y la lectura lenta y atenta que restituye el sentido de las palabras. Beneficio de la duda y libertad de discernimiento son dos de las herramientas que sostienen el edificio de la lectura en el filósofo alemán; dos herramientas indispensables para quien se quiera ocupar de las palabras (no olvidemos que Nietzsche era, ante todo, un filólogo y un amante de los autores de la Antigüedad).

Con relación a la vida como un medio para el conocimiento, quiero resaltar cómo en Nietzsche hay una constatación, liberadora y festiva, que muestra cómo ya en su tiempo, el conocimiento había perdido el derecho de ocuparse del problema de la vida y de los valores en abstracto, desde el saber de la ciencia o la moral como dictaminadores definitivos de sentido. De ésta manera, el autor alemán hace del conocimiento, más que el dictamen del sabio o el exorcismo de un chamán transido por la luz, el resultado vital de quien ha experimentado con su propia vida. Por eso en Aurora Nietzsche emplea constantemente las metáforas del «alquimista», del «sembrador», del «pescador» y del «navegante», para referirse al pensador. De donde se desprende que el conocimiento y la vida son un mismo destino, y la vida el laboratorio en el que el saber se vuelve conocimiento. En defensa de esta idea, quisiera tomar en consideración una noción que el autor reitera varias veces en Aurora y profundiza luego en La gaya ciencia:

La vida puede ser un experimento del que busca conocer. No la con­sidero como deber, ni como fatalidad, ni como engaño. Para otros el cono­cimiento mismo puede ser algo distinto, por ejemplo, un lugar de descanso, o un entretenimiento o la ociosidad; para mí es un mundo de peligros y vic­torias en los que los sentimientos heroicos tienen también sus lugares de baile y sus campos de batalla. La vida es un medio para el conocimiento[4]

Intuición y creatividad, el tercer argumento enumerado, vendrían a ser la simbiosis de los dos primeros. Podríamos decir, parodiando un verso de Kavafis, que Nietzsche es uno de los inspiradores más jubilosos de la idea de que sólo quien duda encuentra en el camino, no ya la respuesta, sino la razón de su búsqueda; aunque al final no halle nada.

Acaso la lectura vigilante, junto con la mirada alerta y desconfiada, sea una manera de luchar por el individuo que somos, en principio, si logramos evadirnos de lo que Sándor Márai llama las extensiones de la familia, como son las agrupaciones ideológicas, los partidos, las iglesias y demás caballos de Troya que intentan romper las murallas de la credibilidad, para robarnos eso que los demagogos llaman libertad cuando quieren vulnerar nuestra independencia, nuestra capacidad de disentir. Sin embargo, no se trata de una idea que pueda enseñarse, ni anunciarse como panacea contra algún mal; es, ante todo, una actitud hacia la lectura y, al mismo tiempo, una manera de ver la crítica como una expresión que se ejercita a partir de la lectura.

Juan Pablo Roa Delgado

NOTAS
[1] Frase de Nietzsche en el aforismo 82 de Aurora, en la que el pensador parodia a Marco Aurelio («Sobre esto es posible no presuponer nada ni alterarse en el alma, pues las cosas de por sí no poseen una naturaleza para crear nuestros juicios»). Friederich Nietzsche, Aurora (edición de Germán Cano), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000
[2] Sándor Márai, Confesiones de un burgués, Barcelona, Ediciones y Publicaciones Salamandra, 2004, p. 190.
[3] Nietzsche, op. cit, pp. 137 y 138
[4] Citado por Germán Cano en el prólogo de Aurora, op. cit., p. 31.

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